Diálogo en Zagreb

Posted Mayo 10, 2008 by
Categories: Reflexiones

La ciudad estaba bulliciosa, como casi siempre. Llegué a casa de Pedro cerca de las seis de la tarde. Me convidó café y masitas. Charlamos lindo en medio del silencio de su estudio, vidriado pero hermético. Me sentía dentro de una ermita urbana, recluido y protegido en medio del caos.

He apelado a la memoria para transmitirles aunque sea lo esencial de lo hablado. Me parece que puede servir para lo cotidiano y más aún en estos momentos difíciles, por los acontecimientos que se están viviendo.

- Extraordinarios me parecen los sufíes con eso de la Faná que vendría a ser la aniquilación total de la personalidad en Dios.

- Bueno, ellos siempre estuvieron un poco en los bordes de la ortodoxia, siempre vistos como excéntricos por la jerarquía institucional; quizás tenga que ver con la sumisión al maestro, al sheik de cada cual…que rivalice con la autoridad del califa o el ayatollah…

- Tal vez haya influido algo sus técnicas sicofísicas de entrenamiento del ser; cada orden con su método, parecen cobijados en el Islam pero haciéndola suya.

- ¡Son formidables! Todo un sistema de enseñanza transmitido oralmente y con cuentos y leyendas bellísimos.

- Bueno, el asunto, dicen ellos; no es lo que el cuento dice sino lo que provoca en el lector. Algo así como una modificación interior no perceptible inmediatamente.

- Ja, Ja, ¡el antecedente de lo subliminal!

- No, es que parece que estas leyendas breves te mueven resortes del alma, engranajes de la mente y vos con eso irías cambiando.

- Algunas de sus danzas, si te enseñan a leerlas, muestran el funcionamiento del universo, algo así como la sinfonía de las esferas.

- Vivían en una humildad profunda y se dice que existen todavía grupos que la mantienen. ¿Vos sabés, que humildad viene de humus, que significa fértil? Esta condición de humilde ellos la llevaban al extremo, viviendo descalzos y comiendo lo mínimo, durmiendo en el piso…

- Es una cosa pariente o vinculada con toda una tendencia ascética que se manifestó en el Sinaí y en el desierto de Scete, con estos monjes cristianos del desierto; que vivían en cuevas, comiendo lo que hallaban, en total desamparo humano, entregados a su fe en la providencia divina…pese a los rigores vivían en total iluminación y gozo y hasta eran longevos.

- Si, toda una controversia con eso. Aunque lo más probable es que tanto los monjes anacoretas cristianos como los sufíes hayan tenido influencia desde la India, con los eremitas y mendicantes, que hace como cinco mil años ya practicaban los rigores ascético místicos. Se cree, que se apoyaban en antiguos escritos, como los vedas.

- Sí, hay toda una cosa en común con esto de la prescindencia de lo superfluo, la tiene Buda que lo promueve también y luego JesuCristo que parece haber sido capacitado por los Esenios…

- ¡Ah! Formidables, me encantan ellos, tan organizados y parcos. Admiro esa imagen de las túnicas blancas entonando himnos al sol del crepúsculo, en pleno yermo desierto, separados los sexos por una pared alta pero sin techo, para poder cantar en comunión.

- Bueno, se dice que esos tipos aprendieron en antiguo Egipto, que mamaron en la “prisca religio” o primera religión y que Moisés habría sido un alumno aventajado de esa escuela espiritual. Parece que luego dispersaban a los cualificados en distintos puntos y épocas, como parte de un plan mayor…

- Claro, como si fueran proyectos y cuestiones a largo plazo. Si, conozco esa hipótesis.

- Pero existe un buen número de historiadores, que hacen nacer todo, incluso a los sabios del antiguo Egipto, de los indoeuropeos. Es decir, que los colonizadores de la India, estos indoeuropeos, creadores del sánscrito habrían fecundado todas estas regiones con su particular sabiduría evolutiva.

- Para mi esta es la más confiable, por más sabio que haya sido Akenatón; creo que era él un venido de allá o un iniciado de estos indos tan polifacéticos. Incluso dicen los que saben, que ellos habrían creado las castas como un modo de organización social estratificado y de distribución inteligente de las funciones.

- Parecen ser la raíz de todas las lenguas importantes. Es lo que más me maravilla. No solo que sean el origen de la vía iluminativa mediante ascética prescindente de secundariedades, sino que hayan sido formadores del lenguaje. ¡es increíble!, vos fíjate que encontrás raíces comunes en las palabras de todas estas lenguas regionales y de las lenguas europeas actuales.

- Si, cuando reviso etimologías me quedo de una pieza, por la coherencia profunda del lenguaje. Es como si el idioma fuera un manual de profundidad esotérica, donde se revelan a quién se toma la molestia de investigar, los secretos del mundo.

- Si, mucha esencialidad queda a la vista si te fijas en el significado de las palabras.

- A mi modo de ver, más que una escuela ascética, estos señores vienen a ser fundadores de lo humano; constructores de la especie propiamente. Date cuenta que crear el lenguaje es crear el pensamiento. Esos tipos nos hicieron la forma de la mente, crearon los conceptos con los que organizamos posteriormente la experiencia…son de otro mundo, de otro plano, no sé, pero es monumental lo que han hecho.

- Lenguaje y pensamiento son lo mismo.

- Y más o menos.

- Volviendo un poco… del laboratorio místico gnóstico evolutivo de los esenios sale el cristianismo, como una forma de hacer progresar al judaísmo. Divergencia planificada.

- Parece que sí. La división es en realidad un modo de reproducción, hacemos lo que somos, externalizamos la conformación interna.

- En el Judaísmo, todo un sistema inteligente de evolucionar pueblos es alimentado por un compacto grupo de kabalistas antiguos, predecesores lejanos de los Pitagóricos… tenían un método de comprensión de lo real; eso es la kábala. Una forma de ordenar la experiencia de la existencia.

- Fueron ellos los que hacían el maná que permitió al pueblo vivir en el desierto, una especie de concentrado vitamínico.

- Son los que arman los mandamientos como constitución básica para ordenar un poco la cosa que era un caos total.

- Si, lo charlamos una vez con Mateo, eso de que prescriben no fornicar por un tema de salubridad con el problema que tenían con las venéreas…

- Como mentes estratégicas intentando ayudar a los asnos.

- Por eso te decía el otro día, que detrás de cada gran cisma religioso ha habido un aumento intencional de la superficie de contacto; aumentas el público para tu producto al diversificar la oferta.

- Claro, tenemos la versión light, la fortificada etc.

- Exacto.

- Hoy hay muchos más creyentes en Cristo y su mensaje que si esta religión nunca se hubiera dividido. Lutero, Zwinglio, Calvino, todos ayudan a difundir el mensaje básico.

- ¿Vos decís que hasta Mahoma fue un fundador planificado?

- No lo sé, pero lo parece. Posiblemente una mejora del cristianismo en esa época y lugar. Fíjate, hoy en día los musulmanes rezan cinco veces al día y masivamente. Los cristianos, una vez a la semana, con menos fervor y en menor número.

- Nos fuimos de tema.

- Creo más bien que entramos en el tema.

- Lo que pasa que yo quería preguntarte como veías el tema del fundamento de lo ascético, de ese ir prescindiendo, dejando todo de lado, que parecen haber practicado todos los grupos con conocimiento. Sócrates, Pitágoras, los discípulos de Akenatón, los tibetanos, los brahmanes, los monjes sirios extremos…

- Si tuvieras que formular la pregunta, sintéticamente, ¿como la harías?

- Te diría…¿cómo iluminarse? Te preguntaría. Porque todas las ascesis y metodologías son para eso ¿no? Como para fincar en un estado interno que te permita darte cuenta como son las cosas. Porque es como si estuviéramos en la ilusión y hubiera que despejarla, liberarse.

- A ver: El cuerpo tiene sus intereses, porque es un hardware con cierto software instalado, cierto sistema operativo que lo hace funcionar en un sentido…

- ¿o sea?

- El cuerpo quiere sobrevivir y reproducirse, nada más. Tiene un programa residente que sirve a eso, que esta como subsidiario, en la RAM, que le indica que esto de reproducirse y sobrevivir lo haga con el menor esfuerzo posible, con el menor gasto de energía. Es como un chip de aprendizaje. Es la clave de la evolución de la especie. Esto de ir gastando cada vez menos a fin de usar el sobrante de energía para otra cosa.

- Si, entiendo.

- La mente, un delicado hardware desarrollado de a poco y todavía en versión beta, es sobre todo un intento del cuerpo de optimizar todo el asunto. Se trata de usar acumulación de información, memoria, anticipación de reacciones, clasificación, categorización de vivencias. Imagina que a tu PC le creciera una placa aceleradora, se le agregara RAM…la mente es un reflejo virtual del funcionamiento orgánico y a la vez una función mejorada. Es como lo que ves en el monitor. En ningún lado de tu computadora hay carpetitas e iconos y fotos…hay impulsos eléctricos que se discontinúan y según esas discontinuidades son leídas por el procesador, te va presentando las cosas de modo gráfico, ordenadamente y vos podés operar mejor las cosas. Acordate cuando el DOS, había que poner delete all o delete *.*. Ahora agarras el documento y lo llevas a la papelera. Pero es lo mismo que el delete antiguo solo que virtualmente más operativo, funcionalizado.

- Sí, claro.

- Bueno, todo el problema del despertar y de la iluminación, es darse cuenta que uno no es el cuerpo y que no es la mente. Uno no es la CPU y tampoco lo que se ve en el monitor.

- O sea…

- Espera, sin apuro, entiende bien la cosa. Hay un físico y un físico virtual. La mente deriva, se asienta en lo físico. Sin cerebro no hay mente, pero vos no sos ni lo uno ni lo otro. Y esto, cuando lo explicas, enseguida te dicen…sí, sí, claro…pero no es tan sencillo. La mayoría de las personas vive identificada con el cuerpo o con la mente. Cuando se dice “quiero comer” es el cuerpo que quiere. No uno mismo. Cuando se dice “quiero entender” es la mente que quiere, no uno mismo.

- Lo que pasa es que si no soy eso, no me encuentro, no tengo sensación que no sea mental o física.

- Ahí está el tema, sentir lo que uno es. Ser. ¿Quién soy? Cuando preguntas quién, es una abstracción de lo mental, estas en la misma situación.

Hay un modo de estar que se puede vivenciar, una manera de mirar te diría.

- ¿Dices que soy el operador de la computadora? ¿No soy el hardware ni el software sino el que esta tecleando sentado?

- ¡En absoluto! ¡De ninguna manera! Fíjate que no manejas tu cuerpo y que al divagar de continuo, no manejas tu mente.

- Bueno, pero vendría a ser un operador de PC medio dormido o vago. Pese a todo, en alguna ocasión, organizo el pensar y a veces, lo hago hacer cosas al cuerpo, coordinadas, como cuando juego tenis por ejemplo.

- ¡No eres el operador!, aún cuando organices pensamientos o coordines movimientos.

- Entonces…

- Es despacio que te vas a avivar y no con ansiedad. A lo que vos le llamas el operador, es otra virtualidad, lo que sería la noción del yo…ilusoria. Es como si la PC dijera: “Soy una PC”. No hay nada de eso. Hay unas latas, unos cables, componentes ensamblados, silicio, lo de “PC” es un armado mental, no hay tal cosa. El yo tan famoso, es lo mismo. Ensamble de funciones y componentes, tejidos diversos; pero no hay entidad real.

- ¿Y entonces…?

- Es un poco largo el tema.

- Yo tengo tiempo.

- Ahí tenés, el tiempo. ¡Otra ilusión! No hay nada que sea el tiempo. Es el modo en que vivenciamos el proceso de existir mientras nos identificamos con el cuerpo-mente. El tiempo es el movimiento de la mente. Cuando la mente se aquieta se produce una experiencia diferente, que no involucra la sensación de transcurrir el tiempo. O cambia notablemente esa sensación. En situaciones determinadas, puedes vivir una hora en dos minutos. Percibes de otro modo.

- Lo comprendo pero no lo he vivido.

- Claro, es que no es cosa sencilla tener esa experiencia, debido a que la mente traduce los movimientos orgánicos en imágenes y pensamientos y recuerdos. Segrega una sustancia tal glándula y se te aparece una imagen correspondiente al nivel cortical de la sustancia. Pero no la asocias con eso, no te das cuenta.

- Ajá. O sea que a cada movimiento de cuerpo le corresponden movimientos mentales.

- Así es. Estamos inmersos en un medio, los sentidos reciben información y eso mueve acciones de la mente, porque es traductora y transformadora de impulsos. Por lo cual, mientras tenga vida el cuerpo, la mente se moverá haciendo alguna correlación entre ambos. No se puede realmente aquietar la mente; puede uno apartarse de ese ruido, alejarse uno del movimiento de la mente. Porque y te lo recuerdo Benito, uno no es la mente y menos aún sus movimientos. Si no puedes calmar la gente, que en tu casa hace ruido, vete de la casa.

- ¡Ja!, ¿cómo hacer semejante cosa?

- Bueno, ahí enganchamos con el tema de la ascesis y con el tema de algo que tienen en común muchos grupos históricos de esos que hablábamos recién. Esenios, cabalistas, monjes cristianos del desierto, sufíes, anacoretas hindúes, budistas de la primera hora, discípulos de Akenatón, pitagóricos… tibetanos, chamanes de Siberia, todos tienen algo en común. Todos tienen una vía ascética, con diferencias importantes, pero ascesis al fin y todos tienen una forma de aquietar la mente y conectarse con la sensación de una presencia mayor, divina te diría, mediante oración continua.

- La oración continua.

- Un camino, un método que favorece la quietud de la mente. El dikr, la oración de Jesús, el mantra tal o cual, la salmodia ininterrumpida… es un recurso que favorece la permanencia del sujeto en el tema sagrado, facilita el permanecer ajeno y desapegado del constante ir y venir de lo cotidiano físico y mental. Es un canalizar la energía, polarizándola. Entonces para facilitar eso está la ascesis: comer con moderación, apartarse de la sensualidad que encadena a los sentidos y que genera dependencia; no complacer demasiado el cuerpo para no distraerse, pocas comodidades. Sino después, el cuerpo te anda reclamando lo que se le hizo costumbre. Lo que si te reconozco, que todo esto se aplicó muchas veces represivamente y entonces se generó lo opuesto, el efecto contrario. Mas deseo, mas distracción y hasta perversión. Tener moderado el cuerpo facilita la oración continua, no pesa tanto la carne. Pero eso debe surgir de un muy fuerte y arraigado deseo de alcanzar un bien mayor y no por conciencia pecaminosa. Sino después viene el rebote. Vuelves a lo anterior pero con más fuerza.

- Está bien. Ascesis corporal y ascesis mental con la oración. Algo así como comer poco y pensar poco… ¿y después qué?

- Con la práctica sincera y con la acumulación de experiencia en el tema, algunos pocos podían despertarse a lo que ellos eran en realidad, que no es un cuerpo ni una mente.

- ¿Cómo es eso?

- Deberás vivirlo.

- Dame una pista para calmar la ansiedad, un hueso para el perro.

- Puede ser, aunque será un hueso flaco.

- Uno repite la oración y la repite y no afloja, aunque se canse; se camina, se sienta, lo que sea. Pero la sigue repitiendo y uno empieza a vivir montado en la oración. Un día, yo me di cuenta, que si bien adhería a lo que mi oración decía, al significado de la frase, ya no me importaba. Importaba el acto, la acción lanzada en cada jaculatoria.

- Mmmhh… ¿no importaba lo que decías?

- Bueno, sí, era importante para mí, pero yo en ningún momento he creído que algún Dios pudiera necesitar mi oración para brindarme algo, o que fuera a ser escuchado; para eso haría falta que existiera el tiempo y que los Dioses estuvieran inmersos en el devenir. Lo divino se me ha aparecido siempre como omnisciente y omnipotente comparándolo con nuestro nivel de existencia y por lo tanto ajenos a manipulación. ¿Cómo podría la criatura manipular al Creador?

- Si.

- El punto para mi estaba en lo que sentía mientras oraba. En la forma que adoptaba mi ser por decirlo de cierto modo. Y, esta forma me parecía, guardaba mayor correspondencia con la naturaleza del cosmos y con su esencia.

- ¿Cómo era esa forma que adoptaba tu ser? Y ¿Cuál es ese ser que adoptaba formas entonces?

- …Es una cierta forma de humildad, un ubicarse más objetivamente, un vivir desde la perspectiva cósmica, te diría. Permanecer en la conciencia de la propia y profunda nadidad, pequeñez y dependencia. Un estarse sin huir en la propia ignorancia e incertidumbre.

- Sí, creo que comprendo.

- Un estarse en esa situación y no solo darse cuenta con el intelecto de que uno es muy pequeño ante la inmensurable vastedad del universo; un sentir esa profunda no elección de nada, esa absolutísima dependencia. La total incerteza de lo por venir y de las verdaderas leyes que todo lo rigen.

Ese ignorarlo todo, es un cierto clima, una ubicación mental que favorece la aparición de lo otro, de lo que uno busca.

- Es medio pariente de “la docta ignorancia” de Nicolás de Cusa.

- Puede ser, como no. Desde ese lugar se puede orar. Fue allí, en esa situación, donde descubrí lo que podría llamar mi ser o esa esencia que soy y que no es mi cuerpo ni mi mente, aunque se exprese imperfectamente a su través.

- Yo se que debe ser complicado de expresar, pero que me podrías decir sobre ese ser, cual es su naturaleza, no sé…algo más.

- … Ese ser es el que ora, es como el acto que se lanza…pero está detrás de la oración y detrás del acto de orar… te diría que su naturaleza es carencia y su libertad, gemido. Es una incompletitud consciente, que si permanece consciente, se completa.

- Muy buena charla… me sirve.

- En todo caso perdimos un poco de tiempo…que de todos modos no existe.

- ¿Me aconsejarías algo, por lo que has podido ver de mí, algo que te parezca me serviría?

- Recordar con frecuencia que uno está habitando una mota de polvo pequeñita, en una galaxia con cien mil millones de estrellas, en un universo de miles de millones de cúmulos de galaxias, entre incontables universos posibles coexistentes…recordar que además, el cuerpo y la mente están por morir, en cualquier momento; que lo único con sentido es tratar de indagar la posibilidad de ese sí mismo no perecedero, del que hemos hablado en alguna ocasión. Ese “soy el que soy” que se menciona en la historia. Fíjate como es la forma que adopta en vos. Esa indagación no debe ser letrada, debe ser consciente de que no sabemos nada y de que no hay nada más que tenga importancia.

Me fui calmo. Ya de noche. La avenida tenía abundante tráfico pero era como si no me llegara, como si los ruidos rebotaran.

Un clima de esperanza me embargó, incluso me dura todavía. Es como la sospecha de un propósito detrás de los sucesos incomprensibles. Creo hoy más que ayer, que no estamos solos y que hay un significado en la vida. Quizás radique allí esta cierta serenidad que siento entre tanto horror.

Proyeccion

Posted Mayo 8, 2008 by
Categories: Reflexiones Biográficas

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Siento particular cobijo, cuando transgrediendo habituales reglas de buena educación; permito a mi hijo permanecer conmigo, esperando el sueño, en la cama doble que comparto con Laura.

Recostado en el borde, silencioso y quieto por temor a movilizar las iras del sentido común de la madre; permanece arrebujado, gozoso y quedo; al igual que yo, que abrazándolo, de vez en cuando le rasco la cabeza.

Criticado por fiscales internos mentales y juzgado reo permisivo, por demás mimoso y protector, acosado también desde fuera como padre inconsciente, generador de malsanas dependencias; me he preguntado el porqué de esta cuestión, buscando en mis propias sensaciones la raíz de la costumbre.

He observado, que en cierto modo, lo que hago con él, lo hago conmigo cuando niño; que envolviéndolo, elimino el desamparo en el que tantos años he vivido.

Comprendo de que manera, el abrazo y la cercanía en plena noche, escuchando los grillos y las múltiples notas naturales que al oído quieto se presentan, significan una vida cálida donde está ausente la tragedia; un conjuro contra el sufrimiento intempestivo, oposición del ánimo ante lo incierto de todo devenir.

Llamativo mecanismo el que hace proyectar en otro la propia identidad y trasladando climas y temores, hacer en alguien más lo que se hubiera querido para uno.

En alguna noche serrana, de cara al cielo estrellado, extrañamente maravillado por los miles de puntos luminosos; he llamado a lo innombrable dirigiendo el acto a los espacios oscuros entre las luminarias. Atisbando con el tacto del corazón mi propio anhelo, me encontré sorprendido de encontrar allí, no tanto la trascendente mística de lo metafísico y lo gnóstico, sino más bien la súplica por un abrazo protector, que eliminando la incertidumbre despejara de la vida todo temor.

En la ribera oeste del Rin - Cuento Breve

Posted Mayo 4, 2008 by
Categories: Literatura - Cuentos - Relatos

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Una extraña sucesión de eventos se produjo en cierta umbrosa región de la ribera oeste del Rin. Algunas pequeñas aldeas se aposentaban entonces, aquí y allá, buscando enraizar sus cultivos.

Por lógica prudencia, no mencionaré la ubicación ni la fecha precisa de los acontecimientos.

La vida de las gentes, antes como ahora, tiene hábitos establecidos, rutinas, que entretejiendo los días, facilitan una sensación de seguridad y progreso. Todo el entramado social tiende a defender la continuidad de las costumbres y hace resistencia al cambio, que agrietando la estabilidad, deja surgir nuevos temores.

Muchas usanzas familiares se rompieron en el atardecer de aquel día, cuando del todo sorpresivamente, el barbero cercenó la garganta del cliente habitual, con su navaja recién afilada. Quienes esperaban para ser atendidos huyeron de manera muy descomedida para con el agredido, que nada había hecho para sufrir tan desprolijo final. Ellos mismos relataron cuando pudieron recomponerse, que ningún presagio advirtieron, que el asesino se mostró apacible hasta el último momento y que incluso departía con afable bonhomía junto a todos los presentes. Describieron azorados como, repentinamente, hizo silencio el barbero y mirando el filo de la navaja a la luz del candil, con limpio movimiento seccionó la yugular de Maese Tauber.

Una pequeña cuadrilla formada por los más valientes disponibles, se dirigió hacia el lugar preparada para prender al devenido homicida; pero tenían la sangre helada de terror, no aceptando todavía la irrupción de lo inesperado en sus vidas, mansas y predecibles.

Vieron como desde la puerta de la barbería iniciaba un camino sinuoso el rastro de sangre, internándose por una callejuela hacia la cercana orilla del río. Ya de noche, a la luz de los quinqués, percibieron fantasmal la figura del barbero, que inclinado sobre el bulto sangriento, comía con evidente placer.

Volvieron al revés sus estómagos, demudados ante la escena antropofágica y principiaron despavoridas carreras en cualquier dirección, lejos de la valentía que aunque remisa había surgido temporariamente en ellos.

El pueblo entero vivió pavor intenso al saber lo sucedido a la improvisada patrulla y no encontrando solución más inmediata, se refugió en la bella capilla de piedra que desde sus altares, prometía solución divina a lo inadmisible.

Al amanecer, fortalecidos por la hermosa luminosidad estival, una pequeña tropa de los más jóvenes entre los fuertes, salió en busca del inimaginable monstruo. Los encabezaba una cruz de plata, que llevada en alto por el clérigo, hacía las veces de talismán.

Nuevamente las vísceras de los enviados se vieron revueltas e inoportunos vómitos los postraron en una esquina de la plaza, cuando observaron exangües al temido agresor comiendo nuevamente, pero esta vez sus propias heces que acababa de excretar. Pese a la inicial conmoción, pudieron caer en cuenta de que aquel, ávido, los ignoraba; deleitándose al parecer con tan magro régimen.

Al serle acercada un tanto la forma sagrada, mientras con ella el párroco dibujaba en el aire la señal de la cruz, vieron temblar al desquiciado, que desmayándose, permaneció tendido de cara al cielo.

Pese al asco y horror que la situación imponía lo trasladaron rápidamente hasta la bodega, que enrejada por completo, podría hacer las veces de prisión.

No alcanzaron los habitantes a calmarse, volviendo a sus tareas cotidianas, cuando llegó a ellos la noticia de que eventos similares se habían producido en la aldea vecina y en otras, distantes un tanto, en dirección norte.

Transcurrieron pocos días y ya casi nadie se atrevía a salir de su casa. Estaban armados, con lo que podían; divididos, desconfiaban unos de otros.

El herrero habitualmente eficiente, callado y religioso; recorría la aldea varias veces al día, a pleno galope, intentando masacrar al primer paseante que se le interpusiera. Blandía un arma afilada no conocida, al parecer de su propia invención. Nadie se animaba a conjeturar si se encontraba del lado de los posesos o de los que justamente, se defendían.

La locura fue barriendo las diferencias. Entre varones y mujeres, jóvenes y viejos, asesinos y temerosos. Toda vida social se deshizo, todo límite fue cruzado por el pánico y la sed de sangre.

Una a una las aldeas fueron convertidas en brazas ardientes, víctimas de voraces incendios. El fuego sucedía por accidente o por el afán purificador de algunos, que no sabiendo a que acción recurrir, optaban por la aniquilación total.

El comendador, en principio enviado por el gobernador regional, capituló al temor y nunca terminó por acercarse a investigar.

Las poblaciones relativamente cercanas, pero no afectadas, jamás olvidaron los sucesos, pero prefirieron no mencionarlos, asustadas ante la posibilidad de que las palabras obraran como maleficio de atracción.

En los años siguientes, una sola persona se convirtió en el único propietario de todas las tierras en la ribera oeste de Rin, entre xxx y zzz, el no temía recorrerlas, iniciar cultivos junto a sus siervos y construir allí un enorme castillo para solaz personal.

El conocía, varios siglos antes que la ciencia oficial; cómo las esporas bacterianas saliendo de su estado de inactividad, infectan anaeróbicamente el sistema nervioso central, desplegando la mudadiza capacidad de alterar la mente humana, ya de por sí, frágil.

Piedad - Cuento breve

Posted Mayo 3, 2008 by
Categories: Literatura - Cuentos - Relatos

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- ¡Señor Jesucristo, hijo de Dios, ten piedad de mí!, ¡Señor Jesucristo, hijo de Dios, ten piedad de mí!, ¡Señor Jesucristo, hijo de Dios, ten piedad de mí!; se escuchaba desde el pasillo sin cesar.

Era Juan José que permanecía en la silla de ruedas, de día y de noche. No quería acostarse porque le faltaba el aire y el problema se le agudizaba si ponía el cuerpo horizontal. Esto de que un paciente permaneciera sin acostarse jamás, era muy atípico y casi intolerable en la clínica, donde las reglas solían priorizarse a la necesidad de los enfermos.

Para la mayoría de los miembros del equipo de salud, Juan José era exasperante. Su oración continua, clamando por quién él creía su salvador y redentor, los ponía en presencia de su propia incoherencia, de su falta de fe profunda. Les daba cierto pudor, verlo tan ingenuo, clamando por una ayuda que tardaba en venir.

No solo eso, el cáncer de pulmón se extendía y casi ahogaba al paciente, que no se avenía a cumplir los reglamentos.

Se le decía, que acostado se le deshincharían los pies, que tanto tiempo sentado le lastimaría la cola, que le permitiera a su cuerpo descansar…pero él, sonriendo, afirmaba que así estaba bien y continuaba: ¡Señor Jesucristo, hijo de Dios, ten piedad de mí!, ¡Señor Jesucristo, hijo de Dios, ten piedad de mí!, y nunca se detenía. Cuando el sueño lo vencía, caía su cabeza, apoyándose en el pecho, pero se lo escuchaba murmurar dormido…

- ¡Señor Jesucristo, hijo de Dios, ten piedad de mí!.

Cuando sufría accesos de dolor, la oración aumentaba de volumen y terminaba en grito. Cuando no, se hacía monótona letanía. Se me ocurrió regalarle el libro a poco de conocerlo. Le calculé en lo físico, cincuenta años; en lo sicológico pre adolescencia. Antes de enfermar vivía solo con la madre, que aunque autoritaria, lo protegía.

Enseguida se abrió conmigo, que opté por no exigirle hombría y acepté sin chistar su permanencia en la silla.

- Vos sos bueno… - me decía cariacontecido.

- Vos no me conoces Juan José - le contestaba yo – confundía bondad con capacidad de adaptación.

En un tiempo llegué a creerme hipócrita, porque podía entenderme, igual de bien, con personas muy distintas o de bando contrario, en variadas circunstancias. Me llevó tiempo comprender, que lo mío era, por una parte, capacidad de ubicarme en los diferentes puntos de vista; y por la otra, fuerte indiferencia a lo que consideraba secundariedades. O bien, como me dijo un día Marcela: “a vos todo te importa un carajo”. Algo de eso hay.

Así fue que, viéndolo tan débil, le acerqué el libro y le dije:

- Mirá Juan José, este librito te enseña una oración muy breve, que si la repetís como enseña aquí, te va a curar. Tenés que hacer todo como dice el protagonista y verás cómo funciona.

Me agradeció mucho y se puso a leer. Cuando regresé al día siguiente, ya lo había leído todo y clamaba:

- ¡Señor Jesucristo, hijo de Dios, ten piedad de mí!.

Se les transformó en todo un caso. La clínica católica, fundada por un cura, no podía fácilmente hacer callar a quién, con el corazón en la mano, clamaba curación a la divinidad.

Un día fue la sicóloga a sugerirle que rezara más despacito y Juan le dijo que a quién podía molestar el nombre de Jesucristo, por quién toda rodilla se dobla en los cielos y en la tierra. Ella salió de la habitación algo ofuscada.

El Padre fundador lo fue a visitar más rápido que a otros pacientes. Yo estaba en la pieza en ese momento, limpiando un poco y pude participar del diálogo como testigo mudo.

- Hola Juan, ¿cómo te va? -Disparó el sacerdote con su rutinaria simpatía-

- ¡Muy bien padre, muy bien! - dijo caluroso JJ -

- Cuanto me alegro -dijo el cura- me dicen que sos de rezar mucho, - comentó - tanteando el terreno.

- Si padre, todo el tiempo. Jesucristo me va a curar…porque apelo a su santo nombre. Yo pido con fe en Jesucristo y todo lo que pida me será concedido. Así lo dice este librito y se sostiene en la palabra bíblica.

El cura tomó en sus manos “Relatos de un peregrino ruso” y lo hojeaba despacio, pensando.

- Bueno, Juan José, vos sabés que todo depende de cuál sea la voluntad de Dios.

- No padre. Cristo dijo: “Todo lo que pidieres en mi nombre os será concedido”.

- Así es, así es Juan, masculló el clérigo, tragando la impotencia de la contradicción en la que vivía.

Mientras el religioso se alejaba, yo le toqué el hombro a JJ, que sonriendo había comenzado nuevamente:

- ¡Señor Jesucristo, hijo de Dios, ten piedad de mí!

No fue poca la sorpresa de la doctora a cargo, cuando se enteró que Juan José había empezado a rechazar la morfina.

- Dice que ya no le duele doctora - terció Julia, decana de enfermería -

- ¿Cuánta dexa está recibiendo? – Dijo la médica, buscando en la química respuesta a lo insólito.

- Nada desde hace días, no tuvo episodios de apnea.

- Bueno, mejor así. Será que le va a llevar más tiempo – dijo la especialista que siempre tenía un gesto de amargura en la cara –

Dedicada a cuidados paliativos para desahuciados, se había acostumbrado a la previsible sucesión de síntomas, previos a la agonía. También debía resultarle extraño eso de que todos los pacientes, infaltablemente, se le murieran.

Pero Juan José mejoraba de modo evidente. Le había vuelto el color a la cara, comía mucho mejor y hasta se bañaba solo en la ducha. Un buen día, se acostó a dormir. Fue todo un acontecimiento, que el personal de varias secciones vino a admirar silenciosamente. Pero esta recién adquirida horizontalidad no impidió que sus labios se movieran apenas, murmurando

- ¡Señor Jesucristo, hijo de Dios, ten piedad de mí!

A los seis meses de estar internado, continuaba orando de continuo pero mesurado en el tono, gozoso en el rostro, cálido en los gestos. Iba y venía por los pasillos pasando las cuentas de un rosario de madera que alguien le había regalado. Su clamor no molestaba como antes. Contaba con el respaldo de los hechos.

La doctora le recetó una radiografía ante la insistencia de las enfermeras que se sentían ya, en presencia de lo milagroso.

No hubo ni rastros del cáncer. Incluso uno de los pulmones, antes severamente dañado, mostraba elocuentes signos de regeneración en los tejidos. El asombro era tan grande que ponía de manifiesto lo poco que solían creer en lo que su religión decía. Quizás era eso lo que producía que no se hablara libremente del milagro.

Increíblemente para mí, todo siguió, al tiempo, como antes. Se encasilló el caso dentro de las excepciones “a toda regla”. Una misa de agradecimiento, vino a sellar el asunto y a reconocerlo dentro de los límites impuestos.

A los casi trescientos días de haberse internado como incurable, Juan José se fue dado de alta. Alborozados nos abrazamos, nos agradecimos mutuamente la compañía.

Los “Relatos de un peregrino ruso” quedaron en el cajoncito de la mesa de luz, hasta que alguien más, tomándolos como verdaderos, los lleve a la práctica.

Mientras ayudaba a JJ a poner sus bártulos en el baúl del taxi le pregunté:

- Che, Juan, ¿porque seguís rezando tanto así si ya se te concedió lo que pediste?

- No puedo ya vivir sin la oración, me es tan necesaria como respirar – me dijo convencido-

Cuando se pone silenciosa la clínica, en ciertos horarios sobre todo, escucho maravillado la continuidad del pedido…

¡Señor Jesucristo, hijo de Dios, ten piedad de mí!

No puedo diferenciar del todo si brota de mi mente o si es un eco retardado de la voz de Juan José, todavía rebotando en las paredes.

Probabilidades en una casa de Palermo viejo - Cuento breve

Posted Mayo 2, 2008 by
Categories: Literatura - Cuentos - Relatos

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Podría decirse que una vejez apacible vive la pareja.

Sus cuerpos, no demasiado dañados, padecen ese lento proceso de oxidación que los vuelve, de a poco, ineficaces y dependientes.

Todo se les hace lento, pesado; más que nada el sueño, del cual salen dificultosamente en las tardes de invierno.

Están conformes, como suelen decir a sus cercanos; no han hecho nada malo.

Tampoco han hecho mucho. Son un ejemplo de lo bien que puede resultar el egoísmo moderado como modelo conductual.

No dan nada, pero tampoco lo quitan. Cotidianamente se apegan a la rutina, haciendo todo previsoramente. Concentran sus esfuerzos en conseguir lo necesario no inmiscuyéndose en nada.

La vida los ha premiado con una ancianidad ociosa y anodina, libre de grandes dolores.

Sobre todo, se cuidan de no ejercitar la facultad del pensamiento, rechazando perspectivas globales o cuestionamientos existenciales.

Hacen de la mediocridad, excelencia; pasan desapercibidos, evitando lo que hacerse notar, pudiera acarrearles.

Hasta serían felices de no ser por el temor, que como callado enemigo vive afincado en cada célula. Motivo de secreta crispación, los impulsa a permanecer quietos; como si dinamizarse pudiera, de algún modo, llamar la atención de la tragedia.

Por eso es que los detalles, para otros nimios; son para ellos, siempre importantes.

Las pantuflas al lado de la cama en la posición correcta, para no enfriarse los pies de madrugada, al ir al baño. La posición de las almohadas, el reloj a la vista, la bata pendiendo de la silla, el teléfono cerca por cualquier emergencia que pudiera suscitarse.

Poner en su justo punto la temperatura del agua del baño o la variación en los precios de las frutas y verduras, son temas habituales de sus charlas; de su modo de estarse cobijados, mientras el tiempo pasa.

Radicalmente distinta es la situación que vive Atilio. De cuerpo en extremo delgado, de piel curtida por la intemperie, dejó atrás hace rato la barrera de la cautela apremiado por el hambre.

Es un hambre a veces física, real; en otras es sicológica, virtual. En ocasiones su cuerpo necesita nutrientes, minerales básicos; cuando saciado, anhela sentirse importante, respetado, querido.

Habita un clima de enrarecida violencia, no comprendiendo el porqué de las diferencias entre el destino de unos y de otros.

Coloca la ganzúa en la cerradura de la puerta del patio de los viejos. Los conoce bien; a su modo, los ha estudiado. Los sabe solos, desamparados, con algo de dinero en algún estúpido escondrijo.

Irrumpe en la cocina y los amenaza de frente, con la pistola inservible, a la luz cálida que emana del televisor.

Ellos no reaccionan de inmediato, como si sus mentes se negaran a aceptar la presencia contundente de lo más temido. Cuando lo hacen, se muestran colapsados, inánimes, al borde del desmayo.

Atilio debe orientarlos y ubicarlos. Con violencia en el tono pero modulando claramente, les anoticia de que entregar el dinero, sería lo más conveniente.

El viejo se dirige temblorosamente hacia lo que parece una pequeña habitación almacén. La vieja llora quedamente entre largos suspiros, provenientes de la arritmia, ahora agudizada.

Debe presionar el cañón en la nuca del anciano para que este se avenga a abrir la caja de herramientas, que pese al pánico, parece querer defender.

En lugar de pinzas, martillo y destornilladores; aparecen fajos de dólares, cuidadosamente ordenados y enfajados.

Se miran, ambos en shock. El uno, por ver perdidas todas sus garantías contra el temor, el premio a las privaciones, la suma de todos los esfuerzos. El otro por encontrarse ante lo que solo los mejores sueños le han prodigado.

Mientras Atilio empieza a llenarse los bolsillos de la campera con los fajos, el gato que dormía en el estante de abajo, se sobresalta y sale apresurado. Esto desestabiliza al ladrón, que luchando por el equilibrio, cae de espaldas, dando su nuca contra el filo del tarro de pintura.

Puede vérselo inanimado, con un hilo de sangre brotando del cráneo lastimado.

Don Páez, toma el arma y la pone lejos del agresor. Acude a la cocina a calmar a su mujer que solloza y lanza pequeños gritos. Juntos se acercan al caído, que respira y sangra.

No se atreven a llamar a la policía, que suponen advertiría los billetes. Temen que se los quiten, como prueba o como botín, o que indaguen acerca de su origen. Suponen con cierta razón, que pocos creerían que semejante fortuna, la hicieron juntando pequeñas sumas durante más de cuarenta años.

El anciano busca una soga y ata al malhechor en las muñecas, una contra otra, bien fuerte. Mercedes, se sobrepone y le detiene la hemorragia con agua oxigenada y mucho algodón. Le aplica un apósito, rudimentario pero eficaz. Delicada, le pone una almohada bajo la cabeza.

Cuando Atilio despierta, es prisionero. Ya es de día y pide agua. Los viejitos, desfallecientes por la falta de sueño, se la dan. Les da fuerzas la decisión tomada luego de discutir casi toda la noche.

Se han resuelto a no denunciar nunca la situación vivida y están determinados a no dejar escapar al muchacho. Lo han atado también en los tobillos y no temen que pida auxilio, dada su condición de invasor. Tampoco lo matarán, incapaces de semejante extremo. Han supuesto que con el tiempo, se avenga a reconocer lo malo de su vida y que reformado, sea como el hijo que no han tenido.

Los primeros tiempos lo han sedado quizás demasiado, para evitar que se desespere; pero ahora ya van seis meses y se lo ve dócil, extrañamente tranquilo. Le han liberado las manos y lo han acomodado en un confortable sillón. Mira mucha televisión y hasta bromea con Don Páez a propósito de Racing Club, casi siempre en el infortunio económico y futbolístico.

Horror - Cuento breve

Posted Abril 30, 2008 by
Categories: Literatura - Cuentos - Relatos

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El oficial a cargo del caso, pudo advertir la intención suicida del joven, cuando este, poniéndose una soga al cuello, procedió a subirse a la silla dispuesta en las cercanías.

- ¿Qué hace? le dijo rudamente y mirándolo con atención.

- ¡Me voy a matar!, el caso resuélvalo usted.

- ¡No sea infeliz! avanzó admonitorio Benítez, dispuesto a frustrar las intenciones de García. – Ya le vamos a encontrar una solución, prosiguió luego como alentándolo.

- ¡No, de ninguna manera! No trate de impedirme esta acción, que creo, me dignifica…

- ¡Déjese de solemnidades García! espetó el teniente, mientras quitaba la soga del cuello al aprensivo cabo, quién no se resistió en demasía.

- A ver… le decía, mientras subían al auto patrulla, ¿porqué se quiere matar? porque no le encontramos explicación…se contestaba a sí mismo.

- No es para tanto, hay muchas cosas que no se entienden en la vida y no por eso la gente se anda matando… ¿Dónde se ha visto?…suicidio por incomprensión.

- Usted tiene otro temple, otras expectativas –contestó García modulando lento las palabras, como adormilado por el shock- Yo he leído a Doyle, a Chandler, a Simenon, conozco al dedillo cada historia de Poirot, converso mentalmente con Maigret y Miss Marple, diríase que camino en la presencia de Marlowe; sin embargo, presiento que me pasaré el resto de la vida torturando mi mente para comprender. Yo sé que me supera. Divagaré en vano, haré conjeturas, trazaré líneas especulativas inverosímiles, hipotizaré de la mañana a la noche, solo para ir perdiendo de a poco, todo rastro de cordura. Se lo ruego Benitez… ¡Déjeme ya terminar con esto!- arremetió al final con más vigor.

- ¡Déjese de joder! Le dijo casi descuidadamente el oficial Abel Benitez, mientras hacía girar el volante del falcon, tomando Rivadavia, acercándose así al barrio de Caballito.

Ya en el precinto, pasaron silenciosos a la oficina que compartían, procurando no llamar demasiado la atención, evitando molestas preguntas que algún enterado pudiera hacerles.

El Teniente acomodó sobre el escritorio el bloc de notas, llenó un vaso usado de café frío, según su poco saludable costumbre; sacó una lapicera del bolsillo y se recostó hacia atrás en el sillón, que lanzó un suave soplido por alguna parte descosida del tapizado. Se quedó mirando el techo, como si hubiera en él algo que ver. Inmóvil, esperaba, pensando cómo hacer para mantener la estabilidad sicológica del subalterno; a quién para colmo, él había recomendado, debido a lo que en un tiempo creyó, sutil perspicacia.

Mientras tanto, García, se contraía espasmódicamente en una butaca vieja y dura, en un rincón del habitáculo, escondido un tanto detrás de un fichero abierto y algunos planos de catastro que nunca se ocuparon de enrollar y devolver.

Era un tipo flaco, que superó la treintena sin darse cuenta y cuya única ambición era la comprensión; entendiendo por esta, al encaje articulado y armónico de los distintos sucesos, dentro de un acontecimiento mayor.

La pasión por el encastre le había empezado de niño, con los primeros “Rasti”, continuó con esos rompecabezas de mil piezas que en un tiempo estuvieron baratos y terminó de enraizarse con la lectura obsesiva de cada policial que encontraba. Ya a los 14 tenía más de 80 libros de Agatha Christie, odiaba a Moriarty y soñaba con una esposa que lo recibiera con un té, aunque no le gustaba el té, solo por admiración hacia el Inspector Maigret.

Se quedaron silenciosos mientras oscurecía, esperando. Sabían lo que esperaban: la impresión de las fotografías de la escena del crimen. Este saber que volverían a ver lo que no había sido hecho para que el hombre viera, este tener que volver a recibir dentro de sí mismos lo que jamás podrían olvidar, en cierto modo los revelaba y fugazmente los hermanaba.

El jefe era alguien más curtido, no por la experiencia sino por el desinterés; eran años los que llevaba cultivando en secreto un rancio cinismo.

El cadete entró con el sobre y lo dejó sobre el escritorio, haciendo un ademán de saludo, como tocándose una visera inexistente. Dejó una estela de humo a cigarrillo muy barato, requisado a contrabandistas e ilegalmente repartido entre los que presenciaron el procedimiento.

Benitez mira a García y descubre que este nerviosamente juega con el nudo de la corbata, lo ajusta levemente. Dentro de este se libra una batalla sin pronóstico claro. Una parte de él quiere ajustar el nudo y asfixiándose, olvidar. La otra, alienta la utopía de revelarse como genio de la deducción y el acertijo.

El oficial saca las fotos y comienza a mirarlas con los ojos medio cerrados, de costado, esperando el golpe. Se le pone blanquecino el rostro, medio amarillo después; de pronto, gesticula una contorsión y vomita, dejando el contenido del estómago en un cajón del escritorio. Se limpia algo y un poco tieso devuelve las fotos al sobre.

No dice nada. Mira hacia donde estaba García y no lo ve.

Recorre la oficina con los ojos y lo descubre parapetado en un anaquel, con la pistola